El arte también es el testimonio gastronómico de una época
Nos colamos entre stands y lienzos en la última edición de Estampa, una de las ferias de arte más importantes del país. Entre saludos, copas de vino y conversaciones que huelen a pigmento fresco, nos recibe Ana Suárez Gisbert, que antes de sentarse a hablar nos propone un paseo.
Mientras recorremos juntos los pasillos, nos va señalando obras, artistas, texturas. Habla de cada cuadro con la precisión de una técnica y la emoción de quien aún se conmueve. Se le nota la pasión en la voz: mezcla conocimiento con entusiasmo, y convierte cada parada en una pequeña lección de arte.
Abogada, perito tasadora y curadora, Ana Suárez Gisbert lleva más de 25 años construyendo puentes entre el arte, el derecho y la emoción. Desde su nueva responsabilidad al frente del área de Derecho del Arte del despacho Devesa, impulsa proyectos que buscan profesionalizar el sector y acercar el arte a nuevos públicos. Además, desarrolla iniciativas donde el arte se cruza con la sostenibilidad y, ahora, con la gastronomía, como su recién lanzado concurso Gastropop, que invita a artistas a reinterpretar la cocina desde una mirada pop.
Charlamos con ella sobre el papel del asesor y del comisario, los retos del coleccionismo contemporáneo y la importancia de que las empresas y las personas vuelvan a mirar el arte con hambre de verdad.
Te encontramos en Estampa, rodeada de arte y de diálogo. Para empezar, ¿cuáles son las principales labores de un asesor de arte? ¿Y de un curador?
Desde el punto de vista del asesoramiento, mi función principal es acompañar a los clientes en su camino como coleccionistas o en el inicio de su colección. A medida que los conoces y entiendes su gusto, les ayudas a dar coherencia a lo que van adquiriendo: los orientas sobre las galerías que representan a los artistas que les interesan y sobre la proyección de esos artistas dentro del mercado.
En cuanto al comisariado, la línea es similar pero el enfoque cambia. Ser comisario consiste en dar un discurso a las obras que se muestran, ya sean de un artista o de varios, para que dialoguen entre sí y compartan un leitmotiv. Además, conlleva muchos detalles: contactar con los artistas, gestionar transportes, seguros, textos, montaje… En mi trabajo conviven esas dos partes: el asesoramiento al cliente y la curaduría de exposiciones con un discurso sólido y una selección cuidada.
En tu caso, vienes del derecho y la tasación. ¿Cómo influye esa mirada más técnica en tu manera de asesorar o de comisariar?
En mi caso, intento tener una visión de 360 grados del arte. Cubro todas las partes del mercado: desde la elección de una obra hasta el comisariado de una exposición o la gestión jurídica de una colección.
Por ejemplo, nunca permito que un cliente compre sin un certificado de autenticidad. Y si se trata de una galería fuera de la Unión Europea, me aseguro de que haya pasado todos los controles fiscales y aduaneros necesarios. Busco ofrecer un servicio integral que también cubra los aspectos legales.
Además, cuando las colecciones crecen, trabajo con un equipo que asesora sobre la mejor forma de gestionarlas: crear una sociedad, una fundación o planificar una herencia para evitar problemas fiscales. En definitiva, acompaño al cliente no solo en la compra, sino en toda la vida de su colección.
Has trabajado en Francia, Alemania y Bélgica. ¿Qué diferencias encuentras entre esos contextos y el ecosistema artístico español?
La principal diferencia está en los impuestos. En España seguimos luchando con el 21% de IVA en las galerías, mientras que en otros países existen grandes incentivos a la compra de arte. En algunos, incluso, no hay impuestos; y en Estados Unidos, por ejemplo, hay ventajas fiscales que estimulan el coleccionismo.
Esto genera una situación injusta. En un mundo tan global, un artista puede tener representación en Madrid y en Miami, y el comprador internacional probablemente prefiera adquirir allí su obra, porque le resulta más favorable. Es un tema que el sector tendrá que seguir peleando para no quedarse atrás.
En los últimos años has trabajado en proyectos que vinculan arte y sostenibilidad. ¿Qué papel puede tener el arte en transformar la relación con el entorno?
Es un tema que me interesa muchísimo. El arte como tal no está contemplado como un objetivo dentro de la agenda de sostenibilidad, pero puede ser una herramienta muy eficaz para alcanzarlos.
Tengo un proyecto en el que acompaño a empresas a cumplir sus objetivos de sostenibilidad a través del arte. Aunque no siempre es fácil medir el impacto económico, cada vez hay más incentivos fiscales, gracias a, por ejemplo, las mejoras en la Ley de Mecenazgo, y, sobre todo, se percibe un cambio real dentro de las organizaciones.
Los CEOs que integran el arte en la cultura de su empresa hablan de un ambiente laboral transformado, de equipos más motivados y creativos. Es algo muy poderoso: el arte humaniza las empresas y genera resultados tangibles.
¿Qué papel tienen las ferias como Estampa en la difusión del arte contemporáneo?
Son fundamentales. Cada vez hay más empresas que incorporan el arte como herramienta de comunicación o marketing. En esta edición, por ejemplo, una marca de automóviles ha patrocinado parte de la feria y ha impulsado un excelente comisariado con obras inspiradas en su identidad.
Yo misma, en noviembre, comisariaré una exposición para Ágata Ruiz de la Prada, donde un artista llevará a su tienda cuadros que reinterpretan su universo visual. Este tipo de colaboraciones aportan valor y contenido a las marcas.
Además, las ferias están ayudando a democratizar el arte. Hay más público que visita, que se interesa, aunque no compre. Y eso es positivo: es el primer paso para crear nuevos coleccionistas. Siempre digo que, igual que invertimos tiempo e ilusión en elegir un mueble bonito, deberíamos apostar por tener en casa una obra especial, única. A veces solo hace falta un poco más de esfuerzo, y muchos galeristas son muy generosos a la hora de facilitar los pagos, para rodearse de arte de verdad.
Cada vez hay más proyectos donde se mezclan arte, diseño y gastronomía. ¿Te imaginas comisariando una exposición o experiencia sensorial en torno, por ejemplo, a las carnes de La Finca?
¡Por supuesto! De hecho, justo esta semana he lanzado un concurso que se llama Gastropop, en colaboración con el Ayuntamiento de Santander. Es un proyecto que me hace muchísima ilusión. Invita a los artistas a crear obras de arte pop inspiradas en la gastronomía santanderina.
¿Por qué no incluir la carne? La gastronomía siempre ha estado presente en el arte. Pensemos en los bodegones clásicos, en las escenas flamencas de festines o banquetes. Eran un testimonio visual de su tiempo. Me encanta la idea de dejar nosotros también ese legado, de mostrar cómo comemos en 2025 a través de una obra. Es cultura, historia y placer en una misma imagen.
Para terminar, si el arte fuera un plato, ¿cuál sería tu favorito de La Finca?
Sería una carne muy rica, jugosa, con ese rojo intenso que me encanta. Le pondría una salsa de frutos rojos y algunos vegetales verdes para darle color. Me gusta que haya fuerza, vida y contraste en el plato… como en el arte. Soy carnívora total —has tenido suerte de que hoy no te contestara una vegetariana.
A lo largo de su trayectoria, Ana Suárez Gisbert ha demostrado que el arte no es solo una inversión o una pieza colgada en una pared, es una forma de vivir. Desde la ley hasta el lienzo, su trabajo une razón y pasión, y recuerda que, como una buena carne, el arte auténtico siempre deja huella.
Firmado: Rosalía del Río
Fotos: Panci Calvo